5. Retrete metafísico

retrete metafisico

Óleo sobre lienzo. 55X44 cm. (*)

Un maniquí metafísico de Giorgo de Chirico sufre una urgencia escasamente trascendente y encuentra un nuevo sitio donde filosofar. Una broma privada, crítica irónica sobre el uso maniqueo e interesado de la filosofía en la pintura y viceversa. No hay filósofo que se precie que, al final de su trayectoria, no emprenda su propia teoría estética. Rothko afirmaba buscar el rostro de Dios en sus cuadros monocromáticos, quizá entrelazando religión y meditación. Rothko terminó suicidándose. De Chirico no, aunque tuvo un juicio absurdo por plagiar su propia obra, falsificando las fechas de creación. El muñeco está pintado al estilo limpio y “clásico” del pintor italiano. El retrete es sucio, viejo, terrenal. La taza del baño es un lugar idóneo para la meditación, como bien sabía Duchamp y reconoce cualquier estreñido que pase por el trono con una revista entre las manos.

Anuncios

6. Una y tres Dollys

una y tres..

Óleo sobre lienzo. 130X110 cm. (*)

La oveja Dolly obtiene fama mundial por ser el primer mamífero clonado. La genética enfila la recta definitiva hacia un nuevo orden, de posibilidades infinitas, y el ser humano tiembla mientras contempla cómo “Blade runner” se acerca. desconocemos si Dolly tenía recuerdos incrustados, pero vivió seis años y falleció de cáncer. Y entre medias fue una estrella del rock, al menos por unos días. El cuadro es una adaptación de la foto de presentación de Dolly, acompañada del científico que obró el milagro o la probeta primigénica, Ian Wilmut. No sólo él, claro. Un equipo. Pero Ian puso rostro a tan significativo momento. La foto, en blanco y negro, presenta a Dolly ante un cuadro o un espejo con la imagen de dos ovejas idénticas. Aunque lo cierto es que todas las ovejas son más o menos parecidas. Detrás, sujetando el retrato, el doctor sonriente: calvo, con barba y aspecto de buena gente. Tras ellos una granja en la campiña escocesa. La obra incide, de forma irónica, en la condición humana. Después de replicar a la oveja, alimento imprescindible para la supervivencia, su creador clona a la persona que más quiere, por supuesto a sí mismo, dispuesto a ser inmortal o tener unas conversaciones interesantísimas. Tres Dollys, Kosuth. O las que quieras.

7. La alegría de vivir

alegria de vivir

Óleo sobre lienzo. 90X70 cm.

Una chapuza típicamente española se perpetró contra “el caballero de la mano en el pecho”, del Greco, durante la restauración que sufrió por parte de los expertos del museo del Prado en 1996. Según esta espantosa e innecesaria revisión, su característico fondo negro, tan simbólico de nuestra pintura y sociedad, como defendió la generación del 98, no era tal, y a golpe de espátula y esponja inventaron un fondo extraño y fantasmagórico, entre el rojo y el gris verdoso, que da bastante miedo y convierte “el grito” de Munch en una obra naturalista. Un claro ejemplo de restauración creativa, término llevado a cuotas insuperables por una señora mayor en el pueblo de Borja, Zaragoza, con su fabulosa recreación del “Ecce Homo” en las paredes de su iglesia. En este caso presento un retrato, de fondo negro, como el alma podrida de esta nación, en el cual intento plantear una reflexión sobre las heridas que, de forma inevitable, deja la vida. Su sanación y recuperación. La figura ofrece sus palmas, muestras sus muñecas, cortadas en el lienzo y luego cosidas con un hilo grueso. Este gesto relega el recurso estético como elemento subordinado al mensaje general del cuadro. Vivir todavía.

8. Parada de autobús

parada

Óleo sobre lienzo, 130X110 cm. (*)

Otro género clásico es el autorretrato. El autor opta por este formato por necesidad, si no hay modelos disponibles, o acaso por “ego”, el cual suele ser “super” (según la terminología freudiana) en todo artista, siempre necesitado de atención y público. El cuestionamiento de las imágenes, pero principalmente la propia, es en la actualidad un tema fundamental. Las crisis “identitarias” son una plaga con el reciente advenimiento de los modernos dispositivos tecnológicos, los nuevos sistemas de comunicación, que cambian por completo, y quizá no a mejor, la percepción de la personalidad, del cuerpo humano (actual primer campo de batalla), de los otros (“el infierno”, según Sartre) y de la misma realidad. Este autorretrato no es, al modo de Rembrandt (disculpen su sola mención) la certificación a través del tiempo de la condición social o el aspecto físico, la merma de la edad. Es un desesperado intento por afrontar y canalizar el tiempo. Una parada de autobús: tiempo de espera, lento y desperdiciado. Unas piernas, una mano con el eterno cigarrillo y el reflejo distorsionado en la barra son los únicos signos, todos ellos indirectos, de la propia presencia.

9. Metro de Madrid

metro

Óleo sobre tabla. 80X60 cm.

Un autorretrato. La imagen, difuso reflejo, aparece en un cristal del metro. Tiempo detenido y desperdiciado en el transporte público. Trayecto desde algún lado, donde el tiempo empleado es considerado útil (trabajo, estudios) a otro de tiempo propio: ocio, hogar, amigos, familia. Un “no-lugar” (aeropuertos, estaciones, cadenas de comida basura, infraestructuras globalizadas) que decía el sociólogo francés Marc Augé, en toda regla. Y tras el cristal pasa la vida igual, a toda velocidad. La imagen se congela y aleja de nuestra conciencia, existencia, mientras la tierra gira y la carne crece o se marchita. Ni siquiera nos parecemos a las propias imágenes o fotografías. Las palabras que caen de los labios no dicen nada de nuestra esencia. Sólo referentes sonoros sobre la educación, la herencia recibida. El pulido revestimiento que deja tras de sí la vida. En unos casos con cariño y esmero. A otros tocará el pico y las hostias. El resultado es el mismo. Formar un producto típico de su especie. Material cincelado, bruñido y mermado hasta encajar en la cuadrícula correspondiente. Un hombre solitario, de aspecto huraño, quizá aburrido y sin un libro a mano, piensa esto mientras mira su reflejo y luego, en casa, pinta un cuadro porque, perdido como un orangután ciclotímico, no entiende nada en absoluto sobre su propia vida o el mundo circundante.

10. Pasillo

pasillo

Óleo sobre tabla. 80X60 cm.

Manchas de color dispuestas en cierto orden, determinada manera, sobre una superficie. Esto sería una definición, clásica o “impresionista”, de la pintura. Por convención, utilidad y comodidad la superficie solía ser plana. En el arte actual resulta indiferente, tanto las manchas, la disposición o la misma superficie, la cual puede ser rugosa, líquida, de plasma o incluso inexistente.

De nuevo imágenes desenfocadas y ya para siempre incomprensibles si carecemos del mapa, el aleatorio manual de instrucciones. Diversos planos de color, gruesos, que por sí mismos pueden representar cualquier abstracción o una reinterpretación paradójica, irónica. Un chiste privado, para que los entendidos asientan y el resto ría ante la estupidez o el vacío. En este caso apenas manchas, restos de una noche de insomnio, un pasillo onírico, desenfocado y un oscuro reflejo al fondo.

11. Escena. Interior, noche

secuencia

Óleo sobre lienzo. 90X70 cm.

El cuadro, con una escena concreta, insiste en la incapacidad para comprender las imágenes, todas, alejadas de un contexto determinado. Sobre un fondo oscuro hay una mujer en el suelo y dos hombres sujetan sus brazos. La escena remite al cine negro. Trajes oscuros, dudas y cierta sordidez en lo que vemos. Desconocemos si sucede una agresión o si, por el contrario, los hombres levantan y ayudan a la mujer. Las figuras, impersonales, carecen de rostro. La obra presenta una secuencia desenfocada por medio de veladuras. El concepto artístico que sustenta la pintura son los cuadros-enigma de Magritte, admirador de “Phantomas” y la novela negra. También remite a las imágenes “movidas” del maravilloso Gerhard Richter. La libre interpretación y la falta de contexto anula una respuesta unívoca, unitaria, acerca de la situación planteada. De cualquier situación posible.